Ricardo Elizondo Elizondo

LA FOTOGRAFÍA ANULA el tiempo mítico. Ante una fotografía cualquier ilusión sobre el pasado deja de ser, y no es que uno regrese el tiempo para verificar, es que el momento, visualmente, está de nuevo ahí con su realidad palmaria. La delgada lámina con su imagen son una ventana, un agujero en el tiempo.

El testimonio de una fotografía es innegable, es casi seguro: lo que aparece retratado estuvo ahí. Y aun cuando sólo nos llega una parte de lo que había, no por ser parcial el envío se anula la seguridad de que eso estaba ahí. Sin embargo, dentro del "casi seguro" que mencionamos entran las sospechas de manipulación: el truco técnico, la pose adoptada, los objetos intencionalmente colocados o captados, la sintaxis usada en la organización de la toma. Pero, por sobre ello, lo que no puede ser manipulado es que el evento mismo fotográfico, el momento que hizo posible la impresión de la luz sobre una placa química, tuvo lugar, y tuvo lugar en el pasado. La huella existe, lo que pueda significar o valer es otro asunto. Si esto no resulta obvio en la instantánea que vemos, estaremos hablando de alguna otra materia, pero no de fotografía.

A la fotografía, el hecho de ser un indicativo, una huella, le da un estamento de gran valor como documento informativo. Esto se supo desde un principio y se valoró, de ahí la existencia de colecciones fotográficas. La foto, como ente testimonial -igual que un libro, un mapa, un disco o una partitura-, pasó a formar parte de los sistemas de información. Una colección de fotografías, una vez articulada técnicamente, y organizada bajo principios rectores y vigilantes parecidos a los de una biblioteca, se convierte en una fototeca, tal como la mapoteca o la musiteca para sus materias respectivas.

 

.

Una colección de fotografías organizada como fototeca permite una consulta expedita y eficiente, sobre todo si se auxilia con los servicios que actualmente prestan la compu-tación y la visualización en pantalla. Consultar una fototeca hace accesibles, para muchos, el estudio, la comparación, la connotación de las imágenes, incluso hasta una cierta reproducción rústica, sin embargo, la posesión específica de una copia fiel implica trámites complementarios.

Una fototeca no existiría sin colecciones, y las colecciones no serían sin la pasión de fotógrafos y coleccionistas, profesionales o aficionados. Por eso se les rinde honor. Su nombre estará por siempre asociado al grupo específico de imágenes donadas. La mirada que una vez eligió para retratar, o para coleccionar, seguirá viendo a través de otros ojos y el testimonio continuará testificando por muchos años más.

 

Construcciones en San Teófimo. ca. 1955

Imagen obtenida muy cerca de Monterrey, aunque no lo parezca. Son algunos de los edificios del Seminario de San Teófimo, en La Fama. La luz, la precisa perspectiva, el fondo monumental, todo se asocia para sentir la serenidad. Foto de Monseñor Espino y Silva.

Clase de Acción Católica. 1949

Grupo de seminaristas de Monterrey tomando clase en la casa de vacaciones en Saltillo, Coahuila. Se nota una cierta improvisación en el mobiliario del salón -las bancas, la mesa con tapete, el minúsculo pizarrón, los enigmáticos cortinajes-, seguramente hoy sería llamado "aula polivalente".

Plaza de Toros. 1951

Paseillo de Monseñor Arteaga y Betancourt, Cardenal de la Habana, Cuba, en la arena de la plaza de toros de Monterrey, durante la celebración del Tercer Congreso Nacional Misionero.